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Destacado, Noticias - Martes, Mayo 3, 2011 16:04 - ningún comentario
“Qué noble es estar cerca de los libros, en donde jugamos”
Texto íntegro de la intervención El libro recordado, de Gabriel Pacheco, en las actividades de Ilumina programadas en la Feria del Libro de Valladolid.
Cuando pensamos que leemos un libro, en realidad, en nuestras manos tenemos tres: el que el escritor ha escrito, el que nosotros leemos y escribimos en voz baja y uno muy entrañable, que nos confirma que existimos, que nos hace ciertos, que nos hace soñar, un libro siempre incesante -el libro recordado-.
Este es un libro que siempre espera, abstracto de tiempo, está ahí como en un sin lugar, esperando que lo evoquemos con el recuerdo, un libro que lo vamos transformando, que nos va transformando y termina por convertirse en ese algo único de nuestra vida de lectores, es el libro que nos marca un antes y un después. Cuántos escritores hablan de ese libro, cuántos artistas, cuántos de nosotros lo tenemos presente ahora mismo y lo llevamos bajo el brazo imaginariamente.
Recuerdo que en casa de mi padres existía una enorme biblioteca con una cantidad de libros que me hacían maravillarme de todo, hablo del recuerdo de cuando tenía unos cuatro años… bueno, no, más bien seis. ¿O eran ocho? No, la verdad, tenía diez o doce años o no lo recuerdo bien aunque, para ser honestos, tampoco era una enorme biblioteca. Más bien era un pequeño librero en donde una enciclopedia Salvat se desempolvaba cada año cuando hacíamos limpieza de casa para recibir el año nuevo, así que también tengo que decir que nunca fui un niño genio que empezó a leer desde pequeño. Sin embargo, lo que sí es cierto es que muchos de esos libros me hacían pasar los domingo muy amenamente. Tampoco era porque los leyera, no, sino porque sus fotografías de otras partes del mundo me atraían, me hacían imaginarme como un gran viajero. Hasta que una vez, hurgando en la habitación de mi hermana, encontré un libro que me marcaría toda la vida. Hablaba de moscas, de hombres muy feos, de poetas, del silencio… Bueno hasta de un asno que hacía una fiesta.
En él había un hombre con una toga blanca que bajaba de una montaña entre otros hombres desdentados, pálidos y entre víboras y mendigos. Lo de la toga lo imaginaba yo porque nunca lo leí. Lo que sí leí fue que había un súper hombre al que jamás pude imaginarle capa alguna. El asunto fue que, por más que lo intentara leer o por más que abría los ojos pensando que me concentraría como un hipnotista y así poder descifrarlo, jamás logré entender nada, pero absolutamente nada. De todas maneras lo robé de ese escritorio y por la tardes lo hojeaba pensando que, aunque no comprendiera nada, me transformaría en un sabio de doce años. Desearía que leer a Nietzsche a esa edad, pudiera contarlo ahora más como anécdota asombrosa de un niño genio ávido de leer filosofía que se convirtió en un filósofo famoso. Sin embargo no fue así, aunque me recuerdo tan intensamente en esos momentos, en esas tardes, escondiendo el libro aquí y allá, donde pudiera, que creo que ese recuerdo me transformó de verdad y la realidad no importa.
¿Qué fue lo que este libro entonces tuvo de extraordinario para cambiar mi vida? Me lo pregunto y creo que entiendo que me inventó, que me hizo construir mi propia habitación. En aquel entonces compartía la habitación con mi hermano y, siendo yo el menor, tendría que aclarar más bien que no es que compartiera habitación, sino que, según mi hermano, yo dormía en su habitación, con lo cual es cierto de que mi primera habitación a solas fue ese libro.

Es así, el libro recordado nos construye esa habitación que nos protege, que, aunque no es la habitación poética de Virginia Woolf, es la más confortable del mundo y en donde el tiempo se convierte en sueño.
Cuando leemos un libro su devenir siempre viene posterior a la lectura, es decir, el libro sucede después de leerlo cuando cerramos su última hoja y un suspiro nos hace aspirarlo para siempre. Es justamente en este momento en donde el universo nos reúne y libro y nosotros nos hacemos recuerdo, ya en la memoria, sucede la maravilla de compartir la misma habitación que la imaginación y es entonces en donde recuerdo e imaginación nos van germinando. Es así porque la reflexión, las anécdotas y los recuerdos se elaboran pasado el tiempo y después de tomar distancia. Es entonces, después de la lectura, cuando revoloteamos entre pensamientos imaginados y otros recordados y los mezclamos en una nueva realidad que nos inventa a la vez.
Esto sucede con casi todos los libros. Sin embargo, no todos tienen esa fuerza para arraigarse en nuestra alma, algunos se van disolviendo y otros se olvidan o sencillamente aparecieron en momentos imprecisos como cuando el amor no se entrega. Existe el libro exacto, el que coincidió en el momento preciso para develarnos algo y acompañarnos toda la vida permaneciendo en nuestras manos para siempre, aquel que despertó ese mundo en el que nos hemos inventado. Y lo verdaderamente valioso de ese libro que nos cambió la vida es que viene acompañado de ese contexto en el que lo leímos, de los días en que pasábamos sus hojas, de nuestra edad en ese entonces, de nuestro nombre que sigue siendo nuestro, de nuestros gustos y aficiones que han ido cambiando, de nuestra idea del mundo y de todo aquello que desconocíamos o seguimos desconociendo, convirtiendo ese objeto y ese momento en mágico. Una semilla que queda germinando para siempre. Ese libro nos elabora y nos va inventando en la memoria; es una piedra arrojada al estanque de nuestro recuerdo que ondea infinitamente: el libro recordado.
Sí, el recuerdo nos inventa y nos sujeta, nos mantiene en el horizonte en el que transitamos para no perdernos, pero, además, provoca la fantasía al reproducir las cosas pasadas o lejanas reconstruyéndolas en forma sensible o idealizando aquellas insignificantes para transfigurarlas en magníficas. Crea nuestra realidad íntima y refleja nuestra personalidad en ese acto supremo que nos confirma la existencia y que nos liga al relato que somos. Nosotros como un gran discurso en la memoria, un suceso que proclama la imaginación como vértebra del ser. Porque las realidades se miran pero además se rememoran. Esto es vital, porque el imaginar no es exclusivo de edad alguna, más bien es signo permanente de nuestra naturaleza, es la primera actividad del pensamiento, es el juego que nos transforma en lo que deseamos ser.
Imaginar nos hace suplantar lo que desconocemos. Lo hacen los científicos y lo hacen los poetas, pero también lo hacemos nosotros cuando leemos, porque somos seres simbólicos que necesitamos asirnos, ya sea conociendo o imaginando; qué bueno que se asocie con la infancia pero es una calamidad que se limite solo a ciertos modos de vida y convirtiéndonos en una tragedia cuando la perdemos de adultos. Ya entiendo ahora que tenga importancia en la sociedad la cercanía con los libros ilustrados y que en lugares como este se diga aquí hay un espacio, porque eso volverá a salvarnos. También entiendo el hecho de que los adultos les fascinen. Sé de muchos que coleccionan libros ilustrados con otro pretexto, pero muy en el fondo creo que todos buscamos en ellos ese derecho infantil que es imaginar y que parece hemos extraviado. Entonces sí, el libro que recordamos, además de todo esto, es nuestra propia habitación en donde recuperamos esa mezcla fantástica que es el recuerdo y la imaginación para erigir nuestra esencia, es declarar que la fantasía sigue siendo nuestro ánimo, el territorio real en el que debemos vivir.
La importancia del recuerdo, de la imaginación y esa mezcla en la que los vertimos como relato. Por eso, cuando evocamos y decimos “recuerdo”, no solo empezamos a contar sino que inventamos y creamos para decir. Dice García Márquez: vivir para contarla. Pero agreguemos, contarla para vivirla de nuevo. A propósito, recuerdo algo que una vez leí de Nélida Piñón, decía que ella cuando escribía lo hacía de modo impreciso, “mezclando la cosecha de la memoria con la creación”. Eso es la precisión poética. Y pienso: el libro recordado es entonces una reencarnación de nosotros mismos. Así nuestra precisión etimológica de la palabra, porque recordar viene de la palabra cordis que significa corazón y el libro que nos marcó siempre nos hace pasar de nuevo por nuestro corazón.
El ilustrador entonces es un lector privilegiado porque, además, puede plasmar ese juego en cada ilustración, intercalando o acompañando a un texto la imprecisa mezcla de crear entre el recuerdo y la imaginación, como cuando siendo niños uno jugaba con reglas inventadas que permitían sujetar por un momento el mundo y divertirse imaginando que esa canica en la bolsa era mágica y que soplándole se despertaba su poder, así el ilustrador sopla al papel para esparcir los sobrantes del lápiz pero también para evocar la mágia posible que es enhebrar los recuerdo y la imaginación, sólo así el recuerdo de esa melancólica manta tendida al sol cuando veíamos de niños en el patio de nuestras casas en verdad puede transformarse en nubes interminables. Yo dibujo, pero antes recuerdo e imagino.
Pensar que recordar es ya un hecho narrativo por excelencia pero además es un acto creador inmediato porque para recordar algo se necesita la selección de ciertas imágenes y de momentos de ese universo del pasado para tener esa fotografía que es el recuerdo; y crear no es más que unas veces hacer y otras encontrar. Así el ilustrador no deja de deasarlo y crear unas veces es hacer y otras encontrar. El ilustrador no deja de ser lector que recuerda, que pierde y encuentra en el dibujo y escribe ideas con los mismos elementos inherentes al sueño, la condensación y el desplazamiento. Un lector privilegiado que anhela como todo libro que se lea, pero que se lea desde un alma hasta otra en esa gran orilla que llevamos en el pecho y que navegamos en esa balsa que es corazón.
Voy a jugar con una metáfora que ya he mencionado, la habitación de nuestra intimidad, ese hermoso espacio de nuestra soledad.
El ilustrador siempre trabaja en una pequeña habitación, ya sea en su estudio, ya sea en el comedor o desde el vagón de un tren por la noche o desde un parque concurrido, trabajamos desde donde sea, pero siempre en nuestra habitación. Ahí la hoja en blanco son unas manos que nos tapan los ojos y nos hace imaginar cosas, cuando imaginamos nos convertimos en lectores afortunados de haber hallado el mejor de todos los libros y, como todos nosotros, mezclamos los recuerdos y las fantasías en el juego de la ilusión, en la imprecisa mezcla que a todos fascina, como cuando siendo niños uno jugaba con reglas inventadas que permitían sujetar por un momento el mundo y divertirse imaginando que esa canica en la bolsa era mágica y que soplándole se despertaba su poder. Así el ilustrador sopla al papel para esparcir los sobrantes del lápiz pero, además, para despertar su poder y ver mezclarse los recuerdos y la imaginación como un dibujo de una manta que se seca al sol para convertirse en nube. No se necesita más para ello.
Recordar es en sí un hecho narrativo por excelencia y un acto creador inmediato porque, para recordar algo, se necesita la selección de ciertas imágenes y de ciertos momentos de ese universo del pasado para tener esa fotografía que es el recuerdo, nosotros la llamamos ilustración. Esto no es metáfora, en verdad crear no es más que unas veces hacer y otras encontrar.
Así, ustedes, nosotros, lectores ambos, vivimos en este preciso momento por toda nuestra historia particular, pero miramos tan particularmente porque un libro recordado nos orilló aquí y todavía nos llevará a otros lugares inimaginables, evocando vivimos entre esas paredes de la gran habitación que es nuestro ser. Qué noble es estar cerca de los libros, en donde jugamos, en donde imaginamos la gran parte faltante, en donde encontramos y pensamos. Termino parafraseando a Quevedo: sí, somos polvo, pero polvo recordado.









